Capitulo 1: Sentimientos
15 de Julio de 1920
Mi quinto año en el Instituto de Alquimia había concluido y me encontraba en unas vacaciones más que esperadas puesto que mi madre me había prometido que viajaríamos a un pequeño pueblo de Ylivieska, Finlandia, para que yo conociera a sus hermanos, mis tíos.
Estos nos respondieron y nos dijeron que fuéramos el 15 de Julio, día en el que se celebraría una gran fiesta de bienvenida en la cual asistirían la mayoría de las familias del pueblo. Mis padres se marcharían una vez finalizada la fiesta, debido a que mi padre parecía incapaz de abandonar el trabajo y mi madre no podía despegarse de él. Yo por mi parte, luego de la fiesta, disfrutaría 15 días sin tener que soportar los comentarios incómodos de mi padre sobre que debía definir lo que sería en la vida.
Solo esperaba que mi padre no lograra su cometido en éste viaje, ubicar una familia muy adinerada la cual tuviera una hija aproximadamente de mi edad para que yo pudiera casarme con ella y luego hacerme con su fortuna. Odiaba aquella codicia que enceguecía a mi padre y que lo hacía instarme a hacer cosas de aquella índole.
Lo que no sabía es que en aquella fiesta, que tanto maldecía tener que asistir, conocería una persona que más adelante marcaría mi vida.
En mi vida había hecho cientos de viajes junto a mi padre, había visitado montones de países e incluso mansiones de familias muy reconocidas, aunque todos estos viajes siempre perseguían un fin de lucro. Y el viaje de aquel día obviamente no era la excepción.
Viajábamos a un pequeño, pero reconocido, pueblo de Ylivieska, Finlandia, donde las casas eran de varias manzanas y los bolsillos de sus dueños parecían no llenarse nunca. En éste pueblo vivían mis tíos maternos, Gerard y Alessandra Butterfly, a los cuales visitábamos con la excusa de que yo tenía que conocerlos. Éstos harían una gran fiesta a la que asistirían solo personas de gran reputación y personas muy adineradas, y mi padre quien no encajaba en ninguno de los dos grupos a mi punto de vista, formaba otro grupo que se podría nombrar como “personas codiciosas” o “caza fortunas”, cualquiera de los dos encajaba a la perfección.
Mi padre, Lucian Bailey, se había casado con Anabelle Butterfly, hija del matrimonio más adinerado de toda Finlandia, una mujer muy modesta y humilde para su calidad de vida y que se había enamorado ciegamente de él. Mi abuelo materno, Roderick Butterfly, fue un gran comerciante que dedicó la mayor parte de su vida a la industria del ferrocarril lo cual le había ayudado a juntar una pequeña fortuna. Roderick murió de joven, dejando a sus hijos una herencia más que envidiable.
Aunque mi abuelo, que era una persona muy perspicaz, había sido muy cauto y dejado una menor suma para mi madre ya que él estaba consciente del afán de dinero que mi padre tenía, asegurando de ésta manera que si mi padre la dejaba no tendría un solo centavo y en cambio ella podría volver junto a su hermano Gerard Butterfly, quien poseía la mayoría de los bienes y de esta manera cuidar de ella.
Sin embargo las medidas que mi abuelo había dispuesto habían sido en vano ya que mi padre que, además de ser una persona muy codiciosa, era una persona honesta para con su pareja y jamás hubiera cambiado a mi madre por otra promesa de hacerse finalmente rico. Por en cambio había proseguido con ella y había trabajado duro para lograr juntar una pequeña fortuna y poder comenzar su propio negocio, al igual que Roderick, y conseguir de esa manera una aún más grande.
Así que por más que me desagradara que una de las cosas más importantes para él fuera el dinero lo aceptaba como padre porque al fin y al cabo no era malo conmigo y, por sobre todo, ponía primero a la familia que a sus deseos. Simplemente debía ser tolerante en lo referente a su afán de dinero por el simple hecho de que debía convivir con él hasta que fuera mayor y que, por más que no lo soportara, era mi padre y él trataba de hacer las cosas lo mejor posible para mí y debía considerarlo aunque a veces no fuera la manera más acertada.
Estaba recostado sobre el asiento trasero, casi dormido, cuando finalmente el auto se detuvo. Me enderecé y miré hacia fuera, se podía distinguir la silueta de una elegante mansión. Mi padre al observar que me había despertado y que observaba el edificio con aprensión me dijo.
- En el futuro podrás aspiras a casas aún más grandes y más lujosas, joven alquimista.- dijo poniendo un cierto énfasis en la forma en que me llamo y luego se echó una pequeña carcajada, mi madre lo imitó y luego ambos se bajaron del auto.
Los observé a ambos mientras me despabilaba en el interior del auto, debía haber dormido unas dos horas. Mi padre llevaba el pelo corto y del mismo color negro azabache de siempre y llevaba puesto un traje blanco bastante ostentoso. Mi padre llevaba el su cabellera rubia recogida en un elegante rodete y vestía un hermoso vestido azul color púrpura a juego con sus zapatos y sus pendientes.
Descendí del vehículo y dirigí mi vista nuevamente hacia el edificio que se alzaba frente nuestro, a juzgar por lo que mis padres me habían contado debía de ser la de mis tíos. La misma tenía un jardín inmenso repleto de flores rojas color pasión que se podían apreciar gracias a los faros de luz que estaban a ambos lados del camino de piedra que llevaba hacia la entrada de la casa. La imagen que se podía observar del edificio era hermosa, el camino semi iluminado conjuntamente con la magnífica apariencia del jardín y la fachada de la mansión daban una imagen muy majestuosa de la misma y de sus dueños.
Cerré la puerta del vehículo y me observé en el reflejo de la ventanilla, me peiné un poco mis cabellos rubios, los cuales había heredado de parte de mi madre al igual que sus ojos verdes, los cuales al igual que mi traje negro se habían desarreglado un poco durante el viaje. Me acomodé un poco mi camisa, blanca como la nieve, dentro de los pantalones y luego avancé por el camino de piedra que llevaba a la casa, escuchando el sonido que hacían mis zapatos al pisar sobre este, mientras mis padres hablaban animadamente sobre las flores del jardín.
Mi madre me había contado que cuando vivió en aquella casa había dedicado su tiempo al cuidado de las flores, decía que jamás había visto nadie que lograra otorgarle a las rosas el resplandor que ella lograba darles. Sin embargo por lo que se observaba en su rostro miraba las rosas del jardín con una gran aprensión, como si estuviera viendo algo muy allegado suyo que por mucho tiempo no había podido tener frente suyo.
- … incluso huelen igual.- alcancé a oír que le decía a mi padre, notando un dejo embelesado de su voz, mientras olía una flor que había tomado de uno de los canteros, lo cual era muy raro porque jamás solía adular ninguna flor más que las que ellas cuidaba.
Proseguimos hasta que finalmente el camino de piedra se terminó y nos encontramos frente a la entrada de la mansión. El mayordomo que se encontraba junto a la puerta hizo una reverencia cuando nosotros estábamos todavía a una considerable distancia de la puerta de entrada.
- Somos la familia Crawford.- indicó mi padre plagando cada silaba de orgullo y aires de superioridad como si fuéramos los invitados principales de la fiesta o como si todos hubiesen estado aclamando por nosotros y finamente hubiésemos tenido la “modestia” de hacer acto de presencia ante todos.
El mayordomo, quien no hizo comentario alguno ante la actitud de mi padre, buscó entre la lista hasta que finalmente nos encontró, nos abrió la puerta cediéndonos el paso y haciendo una nueva reverencia.
Ingresamos a lo que se suponía al hall de entrada que a comparación con la fachada del edificio, que unos segundos atrás me había impresionado, era aún más majestuoso y más elegante lo que me dejó atónito.
Las paredes estaban revestidas con un papel tapiz blanco totalmente inmaculado, el piso era de un mármol blanco y centelleaba de limpio, las fundas de los almohadones y las cortinas eran de seda dorada, haciendo juego con las mesas; sillas, sillones y otros muebles que eran todos de oro.
Los ojos me quedaron como platos al observar todo aquello. Ninguna de las mansiones que había visitado junto a mi padre tenía la elegancia de ésta, no quería ni imaginar lo que debía costar aquel lugar.
Eché un vistazo a mis padres para ver cuál era su reacción. Mi padre observaba todo con interés, pero a juzgar por su tranquilo semblante se notaba que ya había visto el lugar anteriormente. Mi madre por en cambio observaba el lugar con la misma aprensión que había observado las flores del jardín, como si éstos le recordaran a su infancia en aquel lugar.
- ¡Ana!- oí que gritaba una persona a nuestras espaldas, volteé rápidamente buscando a la persona que había pronunciado el nombre de mi madre y localicé a unos metros nuestros un hombre, que tenía el mismo color de cabello dorado y los mismos ojos verdes relampagueantes, ese debía ser mi tío.
El hombre se acercó con los brazos extendidos hacia mi madre y los cerró en un fuerte abrazo el cual ésta le correspondió con el mismo entusiasmo. – ¡Oh, Gerard!, cuánto tiempo sin verte.- sollozó mi madre besándole ambas mejillas afectuosamente.
- Yo también estoy contento de verte pequeña Annie.- repuso el hombre, el cual confirmé que era mi tío ya que en la carta que nos había enviado llamaba a mi madre de la misma forma en la que había hecho recién. – Lucian, ¿qué tal hombre?- saludó a mi padre, no con el mismo entusiasmo que a mi padre pero demostrando un poco de afecto en la forma que le estrechó la mano.
- Bien, contento de verte, Gerard, y de volver a pisar esta… maravillosa casa.- respondió mi padre, al parecer no muy seguro de con que palabra denominar la casa aunque estaba seguro que la grandeza de la misma para él no era solamente por lo material sino también por lo que sentimentalmente significaba para él.
Mi padre me había contado que en aquella casa había conocido a mi madre y había sido ese el momento en que se había enamorado de ella, como un flechazo. Él había viajado junto a su socio, Giogan Howlett, para visitar a Roderick con el fin de arreglar la financiación de una fábrica destinada a la producción de armas. En tiempos como aquellos la industria bélica era la producción preferencial y que dejaba más ganancia, pero con la escasez de recursos era casi imposible arrancar desde cero. Por esto mismo habían recurrido a Roderick, quien reconoció que la creación de aquella fábrica podría resultar considerablemente beneficiosa económicamente y aceptó el trato. Desde aquel entonces se creó un pequeño puente entre las familias Bailey y Butterfly, el cual se vio intensificado con la unión entre mis padres, creando un vínculo entre las mismas.
La familia Butterfly no estaba muy a gusto con la unión, no consideraban a la familia de mi padre lo suficientemente digna como para entregarle la mano de su única joven, pero el amor entre ellos se sobrepuso y llevo esa unión adelante hasta aquel entonces.
- Es hora que conozcas al orgullo de la familia.- dijo mi padre a Gerard con una media sonrisa dibujada en los labios y, apoyando una mano en mi espalda, me hizo dar un paso hacia adelante.
Una vez más mi padre me había puesto en una situación embarazosa, lo que menos quería yo era una presentación de aquel estilo me hubiera gusto más un “Te presento a mi hijo, Cedric”, pero no mi padre siempre tenía que alardear sobre lo que tenía o que lo su familia, o uno de sus integrantes, representaba para él. Desde que mi abuelo, quien había sido un gran alquimista en sus tiempos, dijo que yo había heredado su don para la perfecta ejecución de la alquimia no tenía descanso. Siempre era “mi hijo el alquimista” o “el orgulloso futuro de la familia”, y el recriminar y querer negar lo que él decía me solo lograban que me ganara una reprimenda y escuchar que me dijera: “Hijo debes explotar tu potencial, hacerte conocer y procurar ganar ante todos, porque sino el que esté detrás de ti no tendrá la misma piedad y te pasará por encima”.
Así que me negué de mala gana a rechazar la descripción con la que mi padre me había presentado y encaré al hombre, mi tío, y le extendí el brazo para estrechar el suyo. Pero el no la tomó y por en cambio me dio un breve, pero fuerte, abrazo.
- Vamos… no seamos tan discretos.- repuso mi tío con una gran sonrisa plasmada en su rostro. – Espero que realmente estés interesado en pasar un tiempo en la casa, y a gusto.- agregó, seguramente pensando que le había ofrecido la mano por falta de entusiasmo, y denoté cierta desilusión en su tono.
- No, por favor no digas eso.- me apresuré a negar y le sonreí con entusiasmo. – Realmente tenía interés de venir aquí.- repuse sinceramente, tenía ganas de conocer a mis tíos claro aunque en realidad lo que realmente significaba para mi aquella estancia era un pequeño descanso de la repetida insistencia familiar que tenía en casa, por parte de mi padre, debido a mis estudios el cual a su punto de vista debía extenderse aún más allá de mi horario en el instituto y mis tareas. Supuestamente por mis dones heredados debía ser el nuevo pionero de la alquimia, lo que me en algunas ocasiones me hacía maldecir por el tener los mismos.
- Eso espero, mi esposa y yo estamos muy emocionados con la idea.- comentó mi tío tomando a su mujer por la cintura, ésta también me dedicó una simpática sonrisa y dijo – Es un placer conocerte al fin, Cedric. Espero que tu estancia sea de lo más agradable.- Dicho esto dio un paso hacia mí y posó un beso en mi frente.
- Démosle una calurosa bienvenida a la familia Bailey.- pidió mi tío alzando la voz para hacerse oír y en ese momento noté, lo que seguro inconscientemente no quise darme a enterar, que el resto de los invitados nos había estado mirando desde que mi tío se nos había acercado.
Todos los invitados de la fiesta, hombres con trajes alucinantes y mujeres con peinados increíblemente elegantes y joyas de precios incalculables, comenzaron a aplaudir. Lo que resultaba intimidante era el recelo con el cual observaban a mis padres. Pero lo que me intimidaba aún más era el hecho de que la mayoría de las miradas estaban posadas en mí.
- He aquí presente el futuro heredero de la familia Butterfly.- dijo mi tío señalándome con la mano, con ésta palabra mi tío me reveló el porqué todos me observaban de aquella manera y, sin darse cuenta, el permitirme conjeturar porqué era el “invitado especial” de la fiesta.
Todas las miradas, ahora sin excepción se fijaron en mí, y acentuando aún más la intimidación que me provocaban. Eché un paso hacia atrás para postrarme al lado de mis padres, y me vi obligado a no bajar la mirada para no resultar descortés con todos los presentes aunque obviamente me hubiera gustado hacerlo.
Mi tío se río brevemente ante mi acción y se me acercó para abrazarme. Yo quién estaba demasiado estupefacto no mostré resistencia y mi tío me rodeó con uno de sus brazos y me dijo en voz baja – No tienes porqué ponerte nervioso.-
-¿Acaso estaba bromeando? - me dije para mis adentros indignado, tenía alrededor de 40 personas escudriñándome con la mirada y no tenía porqué ponerme nervioso.
Luego mi tío se dirigió de nuevo a los presentes y dijo – Como todos sabrán el joven Cedric es un futuro alquimista, y quizás aún mejor que el viejo John.-
- Genial, justo cuando empezaba a creer que en ésta casa no tendría que lidiar con las expectativas de nadie me ponen en el punto de mira de montones de personas.- pensé entre frustrado y desanimado, aunque procuré no reflejar ello en mi rostro.
- Así que pido un brindis por él.- dijo mi tío con una sonrisa de ánimo y tomó de la bandeja de un mozo que pasaba una copa y me la pasó. Una vez hecho esto alzó su copa y el resto de invitados y yo mismo lo imitamos.
Todos bebieron de sus copas y yo por no resultar descortés simule tomar un trago, mi tío me había dado una copa de champagne y yo tenía cierta aberración por el alcohol, el cual había consumido a mi abuelo, por lo cual no pensaba tomarla y jamás tomaría.
- Que prosiga la fiesta.- dijo mi tío luego de dar un pequeño trago a su copa y luego se dirigió de nuevo a mí y a mis padres, a los cuales no quería mirar en aquel momento, que seguro debían estar entornando su rostro y observándome con aprensión.
Mis padres esperaban grandeza y grandes resultados de mis estudios y yo ponía empeño en ellos porque me interesaba la alquimia, el problema residía en el uso que algunos esperaba que yo diera a la alquimia, en eso iba mi padre. Yo sabía que él lo hacía para darme lo mejor, a su punta de vista claro, que siempre estuviera bien económicamente y asegurar una vida a todo lujo.
Pero el hecho de que a mí me interesara la alquimia en especial y no hubiera desistido de seguir estudiándola debido a la presión con la que cargaba por las expectativas de los que me rodeaban era porque yo quería ser como mi tío paterno John Bailey, a quien yo de chico tenía como modelo a seguir.
Como todos decían mi tío había sido un gran alquimista, cosa en lo que todos querían que yo también me convirtiera, pero lo que a mí me generaba admiración en él era el uso que el daba a la alquimia. Él había dado su vida buscando alternativas en la alquimia para poder dar soporte a la medicina la cual no había podido parar montones de epidemias las cuales se habían llevado consigo montones de vidas inocentes.
Ser recordado como alguien que había dado su ser para poder ayudar a los demás era como yo quería ser recordado y no por alguien que había tenido mucho dinero o poder con el cual poder hacer muchas acciones humanitarias y haber hecho ninguna. Para mi desgracia para muchos dedicar la vida para eso les daba a pensar que desperdiciaba la oportunidades que se me presentaban, en vez de darse cuenta que en realidad aprovechaba todo eso para hacer algo realmente valioso con lo que tenía. Odiaba esa ceguera general que parecía tener todo el mundo, pero siempre me contenía de dar a conocer mi parecer y prefería actuar libremente cuando fuera mayor y todos tuvieran que aceptar que había tomado mi decisión.
- Estoy seguro que disfrutaras de la fiesta.- me dijo mi tío dándome unas palmadas, soltándome finalmente y luego me guiño un ojo. Me limité a asentir con la cabeza, aunque luego de las palabras que había dicho ya no estaba muy seguro de ello.
- Gerard tenemos algo de qué hablar.- le dijo mi madre con un tono de disgusto aunque del cual se notaba su falsedad debido a que se notaba que estaba conteniendo una risita. – Solo quería preguntarte quien se ocupa ahora del jardín, las flores me resultan familiares, no sé si me explico.- reveló mi madre ya con el tono normal y su típica sonrisa.
- Elizabeth Cheney.- respondió. - Trabaja para nosotros hace ya un año, y ha logrado revivir la magia de nuestro jardín haciendo crecer unas rosas idénticas a las que tú hacías.- agregó y luego miró hacia todos lados. – No sé por dónde andará ahora.- dijo encogiéndose de hombros y desistiendo en su búsqueda.
- Estaba ayudando a preparar la cena y la mandé a cambiarse para la fiesta.- intervino mi tía tomando la mano de mi tío con la suya y lo tironeó. – Hablando de la cena debemos terminar unos preparativos.- repuso la mujer bufando como si la culpa fuera de mi tío de que todo no estuviera ya preparado. – Luego les presentaremos a Elizabeth.- aseguró sonriéndonos.
- Voy mujer.- respondió mi tío suspirando cuando su mujer lo volvió a tironear. Ambos nos invitaron a que nos abriéramos en la fiesta y a que habláramos con alguna de las otras familias. Luego los dos se fueron por una puerta blanca enorme que seguramente debía llevar al comedor.
Yo por mi parte no estaba muy interesado en charlar con el resto de familias presentes, mucho menos luego de la presentación que me habían hecho, aunque al parecer mis padres no compartían esto conmigo porque una vez que desaparecieron mis tíos se acercaron a la mesa central de la sala, donde estaban las bebidas. Allí había una familia y mi padre rápidamente sacó un tema de conversación y se puso a charlar animadamente con ellos.
Yo los seguí lentamente hasta allí con la cabeza agachada procurando no topar mi vista con la de otra persona y me pose al lado de mis padres. Observe rápidamente a la otra familia y noté que tenían una hija que debía tener mi edad. – Que rara coincidencia.- pensé con ironía y luego me acerqué a la mesa para cambiar la copa que me había dado mi tío por otra bebida que no tuviera alcohol.
Tomé una copa que tenía jugo y comencé a tomar silenciosamente, aunque a pesar de estar intentando pasar desapercibido alcancé a oír mi nombre varias veces en la conversación que estaban teniendo a lado mío.
Pasaron unos segundos más así hasta que mi padre me obligo a presentarme con la otra familia y el tener que soportar los obvios empujoncitos para que sacara una conversación con la hija de aquella familia hasta que finalmente me resigne y hablé con ella.
Entable una pequeña conversación con ella, no parecía mala chica pero durante la mayor parte de la misma hacia comentarios sobre las cosas que tenía o compraba el padre y lo que a ella le gustaría tener, hasta el punto que la conversación siempre llevaba a eso y cuando no le quedó anda más que decir quedamos en silencio.
Anta el fallido intento nos acercamos ante otra familia, y al no haber progreso mi padre optó por otra y así pasaron unos buenos treinta minutos. Todas las conversaciones fueron muy parecidas a la primera, hasta que un momento ya me adormecía de escuchar lo mismo y con la excusa de que iba a buscar a mi tío me largué de ese pesado embrollo.
Volví a la barra donde había un poco más de gente y quedé fuera de la vista de mis padres, pensé en ir a la cocina y buscar a mis tíos pero no quería que otra vez me expusieran fuera con los invitados otra vez o con el personal de la cocina, no me interesaba.
Me había quedado observando la puerta que llevaba al comedor, aún dubitativo de si ir o no, cuando por ella cruzó una joven que llevaba un florero con unas rosas rojas como las que había en el jardín. La chica debía tener aproximadamente mi edad, tenía la piel blanca como la nieve, su cabellera pelirroja suelta y un vestido blanco, que si bien no era tan elegante como el del resto de los invitados, iba muy bien con ella.
Seguí con la vista a la joven que se acercó hasta la mesa donde estaban las bebidas, apoyó sobre la mesa el florero y luego le acomodó las rosas hasta que finalmente quedaron derechas.
No estaba muy seguro de que fuera ella, aunque había venido del comedor donde los invitados aún no podían pasar y llevaba aquellas flores, pero bien podía ser así que me acerqué a ella.
Avancé con algo de torpeza por la sala pero sin tropezar por suerte hasta que me paré al lado de la joven, no estaba seguro porque lo hacía parecía que hubiera quedado medio atontado después del impacto que me había dado cuando entró en la sala. - Tú eres… Elizabeth… ¿no? - le pregunté a la chica algo entrecortado a causa de los nervios, ésta volteó y asintió con la cabeza.
- ¿Cómo sabías?- inquirió la joven.
- Mi tío Gerard te mencionó, dijo que tú arreglas las rosas del jardín.- respondí rápidamente. – Soy Cedric.- me presenté con una media sonrisa.
- ¡Ahhh…!- exclamó la joven aparentemente dándose cuenta de quién era y luego dijo con un tono un tanto desanimado. – Sí, oí la pequeño presentación que te hicieron.-
- Maldigo el momento en el que mi tío decidió hacerla.- bufé molesto ante la mención de ello.
La joven pareció sorprenderse al ver mi aberración ante aquel acto y luego se rió. - ¿Te molesto que te presentaran así?- inquirió aún entre risas.
- Sinceramente me tiraron abajo la esperanza de poder pasar desapercibido.- confesé con desánimo. – En casa vivo las veinticuatro horas bajo las expectativas de mi padre y esperaba al menos en este lugar salvarme de aquello. Pero parece que mi tío también espera que sea un alquimista revolucionario y que con eso me haga respetable y rico.- comenté suspirando y volteando la cabeza solo un segundo para comprobar que no estaba mi padre detrás de mí.
- Lo siento.- se disculpó la chica al parecer avergonzada de haberse reído.
- No es necesario que te disculpes.- negué restándole importancia, estaba acostumbrado a ello y no me afectaba sacarlo a luz, ya había aceptado que la cosa era así o mejor dicho que así sería hasta que tuviera dominio de mi propia vida.
Desvié la mirada unos segundos y noté que a lo lejos una de las familias con las que había hablado antes, y nos observaban con recelo, como si quisieran saber en que andábamos. Sus semblantes eran tan intimidantes que me vi obligado dirigir mi mirada de nuevo a Elizabeth, quien al igual que yo se había sumido en un pequeño silencio.
Tenía ganas de intentar platicar una rato más con ella, pero me volví a sentirme incómodo en aquel lugar y con ganas de desaparecer en un rato.
- Creo que iré a dar una vuelta por el jardín, me incomoda tanta gente.- repuse con desánimo, dedicándole una última sonrisa antes de voltear y comenzar a caminar hacia la puerta.
-Te acompaño, yo tampoco quiero quedarme aquí.- dijo Elizabeth a mis espaldas y me alcanzó poniéndose a mi par.
Me sentí un tanto más alegre al ver que ella también parecía tener interés de platicar un poco más y también por el hecho de poder hacerlo sin estar rodeados de montones de personas que te mataban con la mirada.
Abandonamos aquella sala y comenzamos a caminar por iluminado césped del jardín, pasando por los canteros con rosas que había visto cuando llegué.
Le pregunté por el trabajo que tenía en la casa pero me dijo que en realidad dedicaba un tiempo a la mañana para el cuidado de las flores y que luego tenía el día libre y que podía pasearse por la casa cuando quisiese. Me contó que mis tíos habían sido muy amables con ella y que en más de una vez habían ayudado a su familia que no tenía la misma situación económica exactamente.
Con cada segundo que pasaba, con cada palabra que salía por sus labios y con cada sonrisa o mirada que me dedicaba quedaba más atontado, como si me hipnotizara. Mientras ella hablaba yo me quedaba observándola y más de una vez había tardado en darme cuenta de que me estaba preguntando algo.
- Yo pretendo ser como mi abuelo.- respondí cuando me preguntó por qué es lo que deseaba hacer cuando terminara mis estudios en el Instituto de Alquimia. – Él era un alquimista, pero dedicó toda su vida a ayudar a la gente que padecía enfermedades sin cura.- conté animadamente, siempre me entusiasmaba un poco cuando hablaba de él.
- ¿Y a ti que te gustaría?- le pregunté con curiosidad y Eli se rió algo nerviosa.
Se quedó unos segundos pensativa y luego respondió. – No sé, solo espero poder tener una casa, una familia y un jardín para cuidar.- Dicho esto me sonrió y se quedó en silencio.
Estaba disfrutando de su compañía, era una buena chica y humilde, a diferencia de las jóvenes que me había presentado mi padre, y eso era algo que yo valoraba mucho en las personas. En algunos puntos la encontraba parecida a mí, solo que ella estaba parada en una situación muy diferente a la mía. Por cómo me complementaba con ella estaba seguro que de haberla conocido antes podríamos haber sido grandes amigos.
- ¡Cedric!, ¿qué haces afuera? Vuelve.- oí que nos gritaban. Miré hacia la casa y avisté a mi padre en una de las ventanas, éste me hizo señas para que me apresurara. De seguro ya habían abierto el comedor y la cena iba a dar comienzo.
- Vamos.- repuse sin mucho ánimo, la idea de cenar con todos aquellas personas no la había digerido aún, pero como solo era por aquella noche la presencia de todas esas personas y además estaba Elizabeth quien compartía mi forma de ver las cosas, no me hice tanto problema y comencé a caminar hacia la casa.
- Yo no asisto a la cena.- me dijo Elizabeth. Volteé y la observé entre confundido y desanimado, no se había movido un milímetro desde que nos había llamado mi padre.
- Pero…- empecé a decir pero me interrumpió.
- Lo dispuso el señor Butterfly, además debo ir a mi casa.- dijo ella desmoronando aún más mi ánimo. – No te pongas así, mañana vendré. Tengo que ocuparme del jardín.- agregó con rapidez, de seguro mi desanimo se había plasmado en mi rostro. Ella se me acercó y me dijo entre risitas. – Además quiero verte.- Dicho esto acercó su rostro al mío y me dio un beso en la mejilla izquierda.
Sonriendo retrocedió unos pasos y me despidió con la mano, yo duro como una piedra apenas pude levantar la mano. No supe cómo debía de verme y ella se rió brevemente, luego darse media vuelta y comenzó a alejarse.
Yo duro como una estatua y ruborizado seguramente le seguí con la vista hasta que se perdió de vista.
Aquella noche no estaba muy seguro de lo que realmente sentía, ella de veras me agradaba y disfrutaba su compañía, pero sabía que había algo más sino no me habría quedado inmóvil luego del inocente beso que me había dado.
También sabía que si ella me gustaba no contaba con la aprobación de mi padre, las cosas que el disponía que debía tener una chica para mí no eran exactamente las que Elizabeth poseía.
Aún no podía asegurarme nada pero si ese sentimiento que había experimentado cuando ella se fue, aquel que manifestaba que quería seguir a su lado y seguir disfrutando de su compañía, se seguía manifestado haría caso omiso a las consecuencias que podría tener en la relación con mi padre y expondría mis sentimientos a Elizabeth.


