16 de Julio de 1920
La fiesta de bienvenida había concluido pacíficamente, comparado con lo que eran mis expectativas, mi padre estuvo de muy buen humor durante el transcurso de la misma y yo no había vuelto a sobresalir tal como lo había hecho cuando mi tío me presentó a todos los invitados.
Por lo tanto, luego de la partida de mis padres, podía empezar disfrutar dos semanas más en aquella casa que, por una razón más que obvia, me gustaba más a cada segundo que pasaba.
Lo que me perturbaba era el no haber cumplido con las expectativas de mi padre durante la fiesta. Pero obviamente aquello en ese momento no me importaba, mis vacaciones allí ahora tenían una razón la cual podría llegar a convertirse para mi padre en otra razón para enojarse conmigo. Aunque no me importaba su parecer, si confirmaba que lo que sentía era verdad estaba dispuesto a seguir adelante y hacer lo que me dictara mi corazón. Lo único que necesitaba era juntar la valentía para asumir y expresar mis sentimientos.
Había oído decir que los sueños de uno estaban ínfimamente relacionados con los sentimientos de uno, lo que uno desea o lo que uno teme, pero obviamente como esto no era algo que pudiese aplicarse a todas las personas no podía asegurar que los míos se relacionaran así.
Aquel día amanecí plateándome esta interesante idea a causa de un sueño que había tenido y que sinceramente tenía ganas de comprobar si realmente tenía relación con mis sentimientos. Sentado sobre la cómoda cama del cuarto en el que había dormido apenas cubierto por las sabanas intentaba buscar una solución a esto, pero desistí al notar que mi búsqueda no tenía un comienzo ni una respuesta final a cual llegar.
Comencé a vestirme con la idea de poder compartir con ella aunque sea un momento durante el día, ver si lo que sentía era algo verdadero y si encontraba una respuesta a su aparición en mis sueños.
Elegí mis pantalones de vestir beige y tomé una camisa blanca de manga, hacía buen tiempo y estaba como para algo livianito. Cuando terminé de calzarme los zapatos, que combinaban con los pantalones abandoné el cuarto con rapidez.
Crucé los resplandecientes pasillos de la mansión, que los pisos eran del mismo mármol blanco y las paredes revestidas del mismo papel tapiz que el hall de entrada de la casa, mientras en mi cabeza se creaban diversas suposiciones en base a mi sueño.
No estaba completamente ligado como para justificar la escena del mismo, no había un menor designio de que ello pudiese llegar a ocurrir, podía asegurar que ambos habíamos tenido una alegre charla y habíamos compartido varias cosas pero eso no decía nada. Y por esto mismo me frustraba que aquella imagen se siguiese repitiendo en mi cabeza y no pudiese pararlo.
Giré al final del pasillo llegando al lugar que me dirigía, a solo unos metros míos estaba el balcón que miraba hacia el jardín, y me acerqué al mismo. Pase al lado de un espejo y me paré enfrente, como de costumbre mis cabellos estaban alborotados, me peiné un poco con las manos hasta que me quedó medianamente alisado. Proseguí y me frené frente a la puerta vidriada del balcón, observé por ella y alcancé a ver a la persona que no podía sacar de mi cabeza.
Sus manos trabajaban sobre las rosas de los canteros con una afinidad y delicadeza admirable, la imagen que podía admirar me dejó como en trance, me quedé observándole quieto detrás de la puerta. Al cabo de unos momentos sentí que alguien apoyaba una mano en mi hombro.
Sobresaltado giré el rosto para ver quién estaba detrás de mí y me encontré con Alessandra, esta también miró hacia fuera y dedujo rápidamente que era lo que estaba mirando.
- Tu padre nos dijo que ayer estaban paseando en el jardín.- me contó ella y dedicó una animada sonrisa que yo no supe si devolver o no. No tenía idea de cómo había tomado eso mi padre ya que no había demostrado siquiera interés en la gente que me presentó y por en cambio había estado con Elizabeth. Así que no sabía si tomarme a bien o a mal el hecho de que mi padre retuviera a quien había prestado mi atención durante y después de la cena.
Al ver que yo no decía nada al respecto mi tía siguió hablando. – Elizabeth es casi como una hija para nosotros, ella alegra bastante el hogar. Incluso quisimos adoptarla, pero ella está muy apegada a su familia como para abandonarla.-
Yo sabía porque debían tener ese trato con ella, había escuchado a mi madre hablar con mi padre sobre ello antes del viaje. Alessandra había perdido a su bebé durante el parto y desde entonces no podía tener hijos. Esto también era la razón de que para mis tíos yo fuera el heredero de la familia.
- Es una chica dulce y bien educada. Además le importa la gente que la rodea y ayuda cuanto puede.- prosiguió Alessandra mientras que yo seguía observando a Elizabeth. - ¿A ti qué te parece ella?- me preguntó volviéndome a sacar de mi ensimismamiento y haciendo que volviera a girar el rostro.
- ¿Qué?- pregunté aunque había escuchado a la perfección su pregunta. – Yo…- exclamé per sin mucha idea sobre que responderle, no tenía las palabras como para responder lo que ella significaba puesto que ni siquiera estaba seguro de si sentía algo por ella o no.
Mi tía se río levemente y me dio unas palmadas, - Ella es una buena chica y por lo visto tú también lo eres. ¿Porque no vas a hablar con ella?, de seguro ella tiene ganas de verte.- propuso y volvió a dedicarle una pequeña sonrisa.
- No estoy seguro…- repuse sin mucha convicción de si acercarme o no, ella me había dicho que iría a la casa a verme pero con el embrollo que yo tenía en la cabeza no estaba seguro de que podría llegar a decirle.
- ¡Ve!- me insistió abriendo la puerta con delicadeza y haciendo un ademán para la cruzase. – No tengas miedo. Si tienes algo que decirlo puedes hacerlo cuando te sientas más seguro. Ella está esperando que vayas.- me dijo, obviamente adivinando lo que en mi cabeza se debatía.
No le pregunté cómo supo que era lo que me impedía cruzar la puerta e ir a hablar con Elizabeth, me limité a asentir con la cabeza y sonreírle un tanto más animado. Crucé la puerta lentamente.
El balcón era bastante extenso y tenía una hermosa vista, desde el mismo se podía observar el extenso jardín y las siluetas de las otras mansiones del pueblo. En este había una pequeña escalera que bajaba hacia el jardín, descendí por ésta con lentitud mientras intentaba pensar que decirle a Elizabeth y cómo hacer para no delatar que tenía algo dentro de mío que quería ocultar.
Empecé a avanzar por el jardín en la dirección donde se encontraba Elizabeth. Cuando fui visible para ella me observó detenidamente por unos segundos y luego me dedicó una irresistible sonrisa.
Aquel día llevaba un vestido rojo pasión, que era muy similar al de las rosas del jardín, por lo que ella parecía ser una flor más del jardín. Aunque a mi punto de vista ella era lejos la más hermosa de todas. Llevaba su cabellera pelirroja suelta al igual que en la fiesta, ésta caía por su espalda como una cascada.
Al verla me volvió a la cabeza aquella imagen que había visto en mi sueño e intenté en vano quitármela de la cabeza, no quería que notara mi aflicción, sentía vergüenza de pensar en ello e intentaba taparla en mi cabeza como si tuviera miedo de que ella pudiera verla en cualquier momento.
Cuando estuve a unos pocos metros de distancia me saludó, - Hola Cedric.- Por la forma en que me hablo se notaba que estaba ansiosa, como si hubiera estado esperando de antes que yo apareciera. Yo igual de cohibido que el día anterior le devolví el saludo con una tímida sonrisa.
Nuevamente, sin explicación, volvía a quedarme sin palabras e incapaz de hacer otra cosa que observarle con aprensión. Era como si hubiera algo especial en ella, que no lograba ver o que estaba pasando de alto todo el tiempo, que la hacía diferente a mis ojos y que lograba confundirme.
- Es bueno verte.- comenté en un intento de dar una mínima reacción. Pero no podía evitarlo, al verla aquella imagen aparecía nuevamente en mi cabeza y me hacía desear llevar a cabo aquella acción.
Di un paso involuntario hacia ella como si mi algo de mi inconsciente me obligara actuar, pero intentando ubicarme en mis cabales me detuve antes de dar otro paso. - ¿Acaso me estaba volviendo loco?- pensé ya sin estar muy seguro de lo que me había dicho mi tía, no creía estar bien como para hablar con ella, no hasta que hubiera entendido porque había tenido aquel sueño y sobre todo porque actuaba de aquella manera delante de Elizabeth. No quería pensar que diría ella si supiera la imagen que cruzaba por mi cabeza y si supiera el deseo que ésta despertaba en mí en aquel momento.
En aquel bendito sueño estaba junto a ella, en el jardín, y ambos llevábamos la ropa que habíamos usado durante la fiesta. Pero entre nosotros no existía aquella distancia que nos separaba ahora y yo no actuaba con aquella ridiculez al verla. Por el contrario yo estaba junto a ella, abrazándola, pero eso no era lo que me afligía. Lo que me avergonzaba del sueño es que, casi sin conocerla, mis labios estaban pegados a los suyos y nos besábamos con una pasión que tan solo al ver esa imagen sentía un imparable deseo de tomar a Elizabeth entre mis brazos y darle vida a aquel sueño.
¿Cómo iba a ser capaz de animarme a besarle si ni siquiera era capaz de explicarle si sentía algo por ella ya que ni yo lo sabía? No tenía una respuesta para ello y por ende aquel deseo iba creciendo en mi interior y tenía miedo de que en un momento de debilidad no fuera capaz de retenerme y cometer una imprudencia.
- Lo mismo digo.- me respondió sacándome de mi ensimismamiento y luego, seguramente advirtiendo que estaba medio ido, me preguntó - ¿Te ocurre algo?
Bajé la mirada sin la más mínima idea de que responder, la vergüenza que me provocaba lo que me ocurría me impedía contarle la verdad pero mi conciencia me obligaba a mentirle. Finalmente me decidí por ser sincero en parte y respondí – No estoy muy seguro, me siento algo inseguro de mí mismo.-
Me miró como si hubiera dicho algo descabellado y pausó su trabajo con las flores. Se me acercó y con una sonrisa de clara diversión me preguntó - ¿Y qué es lo que te hace sentir inseguro?-
- Mmm…- exclamé pensativo nuevamente sin saber que decir, sus penetrantes ojos azules me observaban con atención y me envolvían en su interior impidiendo que me concentrara en mi respuesta, así que terminé por repetir la misma jugada. – No lo sé.- respondí en un suspiro.
La chica me miró durante unos segundos como si evaluara una posibilidad y luego sin más me preguntó - ¿Quieres decirme algo?- me invitó con una media sonrisa.
Respiré hondo y cerré los ojos durante unos instantes, no podía soportarlo. El deseo de de estar pegado a ella y de besar sus perfectos se acrecentaba a cada milésima de segundo pero hice un milagroso esfuerzo y logré contenerme. – No.- mentí meditando la posibilidad de que me había vuelto loco.
En el rostro de la joven rápidamente se desdibujó completamente aquella sonrisa y agachó la mirada con tal tristeza que me rompió el corazón. – Yo…- repuse automáticamente, arrepentido de haber sido tan abrupto al responderle, pero nuevamente me enfrente a la dificultad de no animarme y no saber cómo expresarme.
Elizabeth volvió a levantar la vista y me observó detenidamente, nervioso desvié la mirada a un costado, aunque ahora pudiera asegurar parte de mis sentimientos sabía que debía tomarme mi tiempo para poder decírselo. Así era yo, no me gustaba precipitarme y además no era capaz de hacerlo, debía pensar bien las cosas antes de actuar sino no me sentía seguro.
Volví lentamente mi rostro hacia ella y no supe que había pasado por su cabeza o que había inducido ya que en su rostro nuevamente estaba dibujada una sonrisa. – Está bien.- me respondió dulcemente y se con su paso elegante se acercó a la fuente y se limpió las manos. – Ya terminé mi trabajo aquí, vamos adentro.- me invitó cuando volvió a estar a mi lado. – Además ya debe de ser la hora del almuerzo.- repuso y comenzó a avanzar hacia la casa.
– Está bien.- acepté y rápidamente le seguí el paso, con todo el lío que tenía en la cabeza no había notado el hambre que tenía, no había comido nada desde la cena de la noche anterior.
El camino hacia el comedor transcurrió en total silencio por parte de los dos. Durante el mismo me había atrevido varias veces a observar a Elizabeth, su cabellera pelirroja y su hermoso rostro seguían atrapando mi mirada, y más de una vez me descubrió observándole, aunque ella se limitó a reírse sonrojada y de esta manera logrando que yo también me ruborizara.
Al llegar al comedor nos abrió la puerta uno de los mayordomos, que si mal no recordaba se llamaba Charles, los dos la cruzamos luego de hacer una pequeña reverencia al hombre la cual él respondió educadamente.
Tal como la noche anterior el comedor se presentó elegante y reluciente e igual de enorme y acogedor. La mesa, que ocupaba casi por completo la sala, por en cambio se mostraba aún mucho más grande seguramente por la ausencia de las treinta personas que la habían ocupado durante la fiesta.
Al entrar ubiqué rápidamente a mis tíos que se habían situado en la punta de la mesa, que quedaba del otro lado de la sala, estos nos saludaron con entusiasmo al vernos llegar y junto con Elizabeth avanzamos hacia donde ellos se encontraban.
- Buenos días.- nos saludaron los dos parándose cuando estuvimos frente suyo, y ambos me sorprendieron con las prendas que llevaban puestas. Yo me había imaginado que con la plata que habían heredado era normal verlos vestidos con las prendas que habían utilizado durante la fiesta.
Sin embargo mi tía Alessandra llevaba puesto un vestido azul marino, bastante hermoso pero lejos de ser igual de elegante que el que había vestido noche anterior. Mi tío Gerard llevaba una camisa blanca y unos pantalones bastante casuales. Pero lo que más me sorprendió fue el notar que parecían sentirse más cómodo llevando aquellas prendas.
- Buenos días.- respondió Elizabeth con normalidad y yo, aún algo confundido por aquel brusco cambio, la imité. – Buenos días.- Dicho esto mis tíos se sentaron. Yo eché una silla hacia y ofreciéndole asiento a Elizabeth, esta me sonrió brevemente y luego se sentó.
- Veo que guardas los mismos modales que tu padre.- comentó mi tío mientras me sentaba y otro de los mayordomos nos servía el almuerzo a mí y a Elizabeth. No supe si comentar algo en respuesta pero el prosiguió. – Ya no se ven mucho este tipo de gestos, por desgracia.- repuso con cierto enojo.
- Es cierto, ¿viste como se comportaron los Johansson?- le preguntó mi tía a su esposo. – Estuvieron toda la cena quejándose. Si no era la comida, era el mayordomo o la intensidad de la luz.- comentó furiosa y luego tomó un pequeño trago de su copa.
Yo engullía el plato que habían puesto enfrente de mí y a la vez trataba de no perderme palabra. Luego de oír los comentarios de mí tía me vino la imagen de la familia que había mencionado y en efecto se habían quejado durante la cena y habían sido los primero en retirarse.
- Fue indignante.- coincidió mi tío también furioso y apartando el diario que debía haber estado leyendo antes de que Elizabeth y yo llegáramos.
Los dos prosiguieron hablando sobre los invitados de la fiesta durante un buen rato. A Elizabeth que no había asistido no le dirigieron la palabra y a mí solamente me pidieron mi punto de vista sobre algunos de los invitados que habían actuado de manera parecida a la familia Johansson, así que prácticamente estuvimos en silencio mientras comimos.
Mi tensión ante la cercanía de Elizabeth no había desaparecido ni por un instante, pero me sentía más reacio que antes a que quedaran expuestos, no quería que mis tíos vieran la forma en que ella me afligía, no podía asegurar que ello luego llegara a oídos de mi padre. No me interesaba casarme con alguien que cumpliera sus expectativas pero tampoco quería disgustarlo mientras viviera con él, el solo quería lo mejor para mí y yo debía por lo menos no demostrar desprecio ante sus actos.
- ¿Alguna vez jugaste golf Cedric?- me preguntó mi tío, sacándome de mi ensimismamiento, luego de que terminara de comer.
Yo asentí levemente con la cabeza y luego respondí – Aprendí un poco de mi primo Ryan, cuando mi padre y yo estuvimos una temporada a su casa.- No era muy bueno jugando, ya que esa ocasión había sido la única vez que había jugado, pero recordaba el procedimiento del juego perfectamente.
- Tenía pensado que podríamos jugar hoy un pequeño partido, ¿Qué te parece?- me preguntó con visible entusiasmo. Sabía cuál sería el resultado del partido, mi padre me había comentado a pesar de lo bien que jugaba no había podido ganarle una vez, pero tenía interés de ver como jugaba acepté. – Me parece bien.-
Mi tío se paró de la mesa y yo lo imité rápidamente, me retiré hacia atrás cuando el mayordomo se acercó a retirar las cosas de la mesa, y luego dirigí mi vista a Elizabeth esperaba que ella me acompañara durante la partida. Pero mi tía arruinó aquella ilusión cuando dijo – Elizabeth, ¿te importaría acompañarme mientras toco el piano? Rehíce la estrofa tal como me dijiste, quería tu impresión sobre ello.-
La chica se quedó callada durante unos segundos y luego voltio y me buscó con la mirada. Nuestras miradas se cruzaron durante una milésima de segundo y me sorprendí cuando noté que en su rostro se podía observar que se sentía igual de apenada como yo de querer seguir estando juntos pero sin poder negarse ante la petición de nuestros tíos.
Elizabeth volvió la vista hacia mi tía y dijo. – Claro.- Las dos se levantaron de la silla y luego de despedirse de nosotros se retiraron de la sala.
-Las mujeres no saben apreciar el golf.- repuso mi tío una vez que nos encontramos solos y luego apoyó una mano en mi hombro. – Vamos.- repuso mi tío y, sin el ánimo que tenía cuando supuse que Elizabeth presenciaría el juego, dejé que me guiara hacia el campo, el cual aún no había visto.
El día de mi llegada mi tío había entablado una larga charla con mi padre sobre su campo de golf que, por lo que había escuchado, se encontraba en la parte trasera de la casa y que estaba separado de la casa por un extenso jardín.
Abandonamos la casa seguido por dos mayordomos que llevaban consigo los palos y las pelotas con las cuales jugaríamos y atravesamos el inmenso jardín trasero en dirección al campo de golf, el cual había podido observar desde una de las ventanas antes de abandonar la casa. Este jardín, al igual que el otro, estaba repleto de aquella rosas rojo pasión que no me permitían borrar de mi cabeza la imagen de aquella mañana de Elizabeth, con su vestido rojo, atendiendo las rosas con tal dedicación.
Durante el trayecto al campo de golf mi tío no había parado de hablar sobre las partidas que había jugado en aquel campo y las personas que había derrotado, pero yo no lo escuchaba. Estaba completamente sumido en mis pensamientos como si algo de mí se hubiera quedado en la casa, aquella sensación había aparecido en mi interior desde que la sonrisa de Elizabeth había desaparecido de mi vista.
A cada segundo que pasaba me cuestionaba más la aparición de aquellos sentimientos hacia ella y me preguntaba si era posible que hubiera algún lazo entre nosotros que yo estaba ignorando. Pero solo el hecho de pensar lo que podría decir mi padre de ello me opacaba el entusiasmo ante aquella posibilidad.
- Veamos.- repuso mi tío mientras sacando y guardando palos de golf como si buscara uno en especial. Pasados unos segundos dijo – Acá está.- Observé el palo que había tomado y busqué alguna diferencia entre ese y el resto sin ningún éxito.
- Este palo fue el que usé cuando jugué contra tu padre.- me explicó al ver mi rostro de desconcierto. Luego me miró con entusiasmo como si se le hubiese ocurrido una idea. – Tu padre me dijo que tu podías…- comenzó a decir pero se trabo como si no supiera que palabra utilizar. – Crear palos de golf, ¿puede ser la manera correcta de decirlo?- me preguntó y rápidamente capté a que se refería.
Me acerqué al árbol que tenía más cerca y arranqué una rama. Luego me acerqué a mi tío – La forma correcta de llamar al proceso es transmutación.- le dije recordando la explicación de uno de mis profesores. – La alquimia no permite crear objetos. Lo que permite es, otorgando un objeto equivalente o similar en propiedades, transformarlo en otro.- proseguí con la explicación mientras depositaba la rama en el césped.
Aguardé a que mi tío terminara de entender lo que le había dicho y una vez que me asintió con la cabeza me dispuse a llevar a cabo la transformación. Me arrodillé frente a donde había dejado la rama y junte la palma de mis manos como si estuviera rezando.
Murmuré unas pocas palabras y comencé a frotar mis manos, primero más lentamente y luego con más frenesí hasta que comenzaron a salir unos haces de luz blanca de entre mis manos y deposité ambas sobre la rama.
Luego de un pequeño y breve estallido de luz blanca en el lugar donde se encontraba la rama se hallaba un palo de golf similar al que mi tío llevaba consigo.
- ¡Increíble!- exclamó mi tío con asombro y tomó el palo durante unos instantes en sus manos y luego me lo devolvió. – De verdad es asombroso.-
- No es gran cosa, es una transmutación de lo más vulgar.- repuse incómodo por la reacción de mi tío.
- Sin embargo no deja de asombrarme.- dijo mi tío y luego se acercó a los mayordomos, quienes ya había preparado todo para comenzar a jugar.
Le seguí mientras buscaba con la vista el primer hoyo el cual avisté a una gran distancia, la cual no creía poder alcanzar de un solo tiro. Mi tío se acomodó, se preparó durante unos segundos calculando el golpe y luego impacto la pelota con una precisión admirable y perplejo observé como la pelota recorrió la mayor parte de la distancia y cayó a tan solo unos metros del primer hoyo.
La partida sucumbió en un más que sabido final, el cual me había visto venir desde el primer tiro de mi tío, no había logrado embocar la pelota con menos de 4 tiros de diferencia. Sin embargo la partida se había llevado consigo toda la tarde y cuando volvíamos hacia la casa ya comenzaba a oscurecer.
- No ha sido tan malo.- repuse mi tío, en lo que parecía un intento de levantarme el ánimo, como si pensara que me encontraba afligido por la indiscutible derrota aunque obviamente esa no era la razón. Durante la partida había aprovechado para meditar sobre Elizabeth y había llegado a la obvia conclusión de que me gustaba, no podía negarlo más. Sin embargo sentía como si hubiera algo que todavía no había podido aclarar en mi cabeza, algo que me hacía dudar de si decirle a ella lo que sentía o no.
Una vez en la casa me dirigí a la sala donde se encontraba el piano, lugar donde la noche anterior había visto a mi tía tocar para los invitados de la fiesta. Antes de llegar a la sala pude oír el melodioso sonido del piano y reconocer la canción que mi tía había tocado. Apuré el paso entusiasmado pero cuando llegué a la sala encontré a mi tía sola en la sala.
Ella frenó al verme entrar a la sala y adelantándose a lo iba a preguntarle me dijo. – Se acaba de ir hace unos segundos, si te apuras podrás alcanzarle.-
No tuve que esperar a que me lo dijera dos veces, eché a correr por los pasillos de la mansión a toda velocidad. Llegué al balcón por el cual la había observado a la mañana y la avisté cruzando el jardín.
Bajé como un rayo las escaleras y crucé el jardín presuroso hasta que finalmente le alcancé. –Elizabeth.- la llamé débilmente, sin aliento, y la ésta se giró rápidamente.
En ese momento, al igual que la noche anterior cuando se había despedido a la mañana y cuando la había visto aquella mañana, tuve aquella sensación de que me volvía duro como una piedra y que era incapaz de moverme ni decir nada.
La joven me observó con su hermosa sonrisa alegre de verme y, con un esfuerzo indescriptible, le devolví la sonrisa una tanto cohibido. Se acercó lentamente hacia mí y tomó mi mano derecha envolviéndola entre las suyas.
- ¿Si?- me preguntó incitándome a que dijera lo que seguramente ella ya debía de saber.
-Yo…- repuse sin idea de cómo decirle todo lo que se debatía en mi interior. Me hubiera gustado encontrar las palabras para decirle lo mucho que me gustaba, la hermosa sensación que experimentaba en mi interior al verla sonreír y lo mucho que ansiaba en aquel momento darle vida a aquella imagen que había aparecido en mis sueños.
Acorté los escasos centímetros que nos separaban el uno del otro y la envolví entre mis brazos. Sus ojos azules estaban clavados en los míos con ternura, ¡ella también parecía gustar de mí! No podía creerlo, aquel momento parecía sacado de mis más íntimas fantasías.
El hermoso jardín se ceñía a nuestro alrededor bajo los últimos rayos de luz del crepúsculo y creaban en conjunto un entorno más que atractivo para expresarle a Elizabeth todo lo que sentía por ella.
Su cuerpo estaba pegado al mío y nuestros rostros se separaban por apenas milímetros de distancia, incluso podía sentir su aliento y el latido de su corazón increíblemente igual de acelerado que el mío.
Era el momento adecuado para hacer aquello que tanto deseaba y que aquella mañana no me había atrevido a hacer. La distancia entre nuestros labios fue reduciéndose poco a poco y cerré mis ojos lentamente.
Pero finalmente no pude, mis labios se desplegaron pero se depositaron sobre su frente y no sobre los suyos. No sabía cómo expresarle aquello que yo sentía por ella y no me sentía digno siquiera de rozar sus labios.
Abrí los ojos y lentamente fui rompiendo el abrazo y separándome de ella, sin decir tan solo una palabra. Elizabeth me observó con aprensión de seguro igual de deseosa que yo de que ese beso hubiera tenido una final diferente.
- ¿Te veré mañana?- me pregunto observándome como si fuera una ilusión que en cualquiera momento estaba por desaparecer.
- Por supuesto.- respondí pasados unos segundos y embocé una pequeña sonrisa que ella me devolvió. Y así, al igual que el día anterior, le observé alejarse hasta que su figura desapareció.
Sin embargo no encontraba la forma de expresarle todo aquello y debía buscar una forma porque no quería desaprovechar otra oportunidad de finalmente intensificar aquel lazo que parecía unirme a ella.


